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lunes, 14 de mayo de 2012

Yo soy el que te envía rosas


Pablo era un joven que acababa de terminar secundaria en un pequeño pueblo de Argentina llamado Malena. Pablo siempre se interesó mucho por la historia del mundo por lo cual durante su bachillerato fue el mejor en esta área. El día del grado el rector de su colegio le entregó una beca para estudiar historia en cualquier lugar de Latinoamérica. El colegio corría con los gastos de transporte de Pablo y su padre al lugar que él eligiera.

¡Quiero ir a Colombia! Dijo Pablo.
¿Cómo haremos para sobrevivir en este extraño país? Preguntó su padre.

Tal vez si arriendas esta casa obtendrás dinero suficiente al menos por unos cuantos meses mientras encuentras algún trabajo. Respondió Pablo. Esta fue una buena idea para su padre.

Viajaron a Bogotá y sin tener lugar fijo para vivir empezaron a caminar en esta ciudad buscando una casa que se ajustara a su presupuesto. Diez minutos después vieron una tienda que decía “Bienvenido a Bogotá”. Al ver este aviso Pablo dijo a su padre: “Vamos a ese lugar. Yo pienso que allí podemos encontrar un mapa de la ciudad”. Efectivamente una de las tantas cosas que vendían en esa tienda era un mapa de Bogotá. Continuaron su camino y una hora después decidieron sentarse un momento a descansar en un parque. 

En ese parque había una inusual máquina con una letra algo pequeña pero en la que se podía leer: “Apriete este botón”. Alfonso, el padre de Pablo, fue hacia ella y apretó el botón que estaba debajo del aviso. En la parte inferior de la máquina había dos vasos de agua. Estos fueron bastante útiles en ese momento para Pablo y Alfonso. 

Luego de botar las tapas que decían “Alcaldía de Bogotá”, continuaron su camino. Tras averiguar varias casas que no cumplían con las condiciones necesarias para ellos, encontraron una bastante agradable. Esta casa era muy pequeña, más o menos la mitad de lo que era la suya en Argentina, pero ahí podían acomodarse Pablo y su padre, además costaba un poco menos de lo que ellos tenían presupuestado y quedaba relativamente cerca de la universidad de Pablo.

Una semana después de estar en Bogotá Pablo inició clases. La primera asignatura con la que se encontró en su carrera fue Literatura. Sinceramente Pablo no conocía de esto. Terminada la clase se dirigió a un lugar de su universidad llamado “Rincón de Estudiantes”. Según algo que había leído por ahí, en ese lugar permanecían los mejores estudiantes en todas las asignaturas. Al llegar observó cien mesas. En cada una de ellas estaba sentada sólo una persona. 

Por las expresiones de sus caras la mayoría de ellas parecían cansadas a excepción de unas pocas, entre ellas el joven de la mesa número 12 que vivía cerca a su casa. Pablo se acercó y le dijo: “¿Puedes recomendarme un autor de literatura?”.
El joven respondió: “Yo no puedo ayudarte, pero estoy seguro de que la jovencita que se encuentra en la mesa número 94 puede darte ese dato”.

Cautelosamente Pablo se dirigió a la mesa número 94 y le dijo a aquella señorita: “¿Puede usted recomendarme un buen autor de literatura?”. Muy amablemente ella respondió: “Por supuesto. Mira, Gabriel García Márquez es un reconocido escritor colombiano, tiene muy buenos ejemplares sobre esta clase”. Pablo agradeció y se fue de inmediato a la biblioteca a buscar libros sobre este autor.
Le impactó uno que se llamaba “12 Cuentos Peregrinos”. 
Ese mismo día Pablo empezó a leerlo. Con base en este libro empezó a escribir literatura. Su primer texto se llamó “Una Sirena Varada”. Días después de entregárselo a su profesor, este llegó a clase y, con una sonrisa en su rostro mostró el texto a todos los estudiantes y dijo: “Así es como se hace”, “Así se escribe literatura”. Estas palabras motivaron a Pablo a seguir produciendo textos de ese tipo.

Mientras los escribía tenía siempre en su mente la cara de aquella señorita de la mesa 94 a la que cada viernes, sin falta, enviaba rosas con el joven de la mesa 12. Ella intrigada siempre preguntaba quién le enviaba esas hermosas rosas rojas con las que adornaba su mesa. Por supuesto el joven que las entregaba guardaba silencio. 

Siete meses después, Pablo decidió volver a ese “Rincón de Estudiantes” y acercándose suavemente a la mesa 94, entregó a esa joven un pequeño libro titulado: “Yo soy el que te envía rosas”.

Juliana López Bedoya
Quimbaya Colombia

Mirabelle


Mirabelle seguía mirando al frente con las manos en su abrigo.
-¿Qué hora es?
-Las tres cuarentaicinco.
Mirábamos juntos los edificios que rodeaban la plaza, las hojas barridas por el viento. Hace frío. Se hizo un silencio largo, pausado a veces por la insistencia de Mirabelle en saber la hora.
-Las tres cincuenta ¿Crees que la Mutante ya no llegue?
-Quizá. Aunque también puede estar sentada bajo un árbol, pequeñita y llorando; contando piedritas que estuvieran cerca a sus pies.
- Es la Mutante.
-Sí, es ella. Sigue buscando.
A esa hora solía cruzar mucha gente camino a sus casas o a la Universidad que quedaba cruzando el puente. Tanta gente y nosotros sin la mutada. Mirabelle no estaba preocupada, y eso lo podía notar en su forma de mirar y buscar entre la gente. Tenía una boca grande que le impedía ocultar cualquier sentimiento. Podía meter cualquier palabra en esa boca y era imposible no creerla. Sonreía con facilidad y sus ojos casi que se cerraban; sonreía y en sus ojos a medio abrir brillaban dos huequitos cafés que en una infancia cualquiera podrían pasar por canicas. Sus ojos también eran grandes y vivían en constante excitación, vivían esperando uno a uno los segundos y perseguían en ellos los sonidos, los colores, todo aquello que salvara a Mirabelle de olvidar a su Mutante. Había otra cosa: sus pupilas no se dilataban. Digamos que los ojos de Mirabelle se movían excitados sobre las imágenes que pasaran frente a ella, pero sus pupilas vivían inertes. Si no fuera por la sonrisa que podía tener en sus ratos libres de penas, uno podría pensar que Mirabelle era una mujer de piernas largas, cabello rojo y gafas rosas que volvió de la muerte a predicar perdición, pero quién sabe: si ella muriera y se diera cuenta, lo primero que haría sería echarse en el suelo a reír, y luego todos los muertos que la estuvieran acompañando la mirarían con sus ojos vehementes como quien contempla un milagro o un espectáculo grotesco, que vienen a ser la misma cosa.
-¿Ya miraste bien?
-No veo más que hombres.
-¿Como es eso?
-Sí, sólo veo hombres pasar. No veo ninguna mujer.
-¿Y la que va de gancho del oficinista?
-No existe.
-¿Y la que fuma un cigarrillo y toma té?
-¿Cuál?
-La de pelo azul.
-¿No es la Mutante? El pelo es mutado, no hay duda. Mira su faldita y sus medias hasta las rodillas, parecen algo que la Mutante usaría.
-Sí querido. Pero no es, querido. Querido, la Mutante no es así de blanca aunque sí es blanca y sí tiene lunares. Es una galaxia entera ella solita. Pero los lunares de la chica azul no los ves desde acá ¿o sí querido?
-Tampoco existe.
-¿Cómo es eso de que no existe?
-Sí, no existen. Sé que hay hombres porque creo ser uno de ellos. Dudo medianamente de la existencia de una mujer con la que he hablado. Aquellas con las que no he cruzado palabra, no existen, o sencillamente son el reflejo desesperado de las mujeres que conozco para no sentirme tan solo.
-¿Qué me dices de las que no van solas? ¿También las ves?
-Es posible.
-¿Y por qué las ves si van con otro hombre?
-De pronto hasta los hombres que veo acá en esta plaza también son mentira. Quizá yo estoy botado en el piso con la camisa desabotonada y tú eres una enfermera que me da primeros auxilios mientras convulsiono. Muñeca, podría ser cualquier cosa, hasta un anciano mirando al vacío en un parque.
-¿Qué hora es?
-Cuatro en punto.
-No llegará.
-O ya se fue.
-Continúa con las inexistencias querido.
-Te decía que quizá yo sea el único que exista. El acceso al otro es imposible. O tal vez sólo tú existas, y en nuestra soledad de cuartos blancos y visitas familiares hemos inventado al otro, a cualquier otro.
-Somos esquizofrénicos en potencia, dices.
-Casi. O no tanto así.
-¿Cómo entonces?
-No lo sé.
-Lo decías hace un momento. ¿Esa no es?
-¿La de vestido rosa?
- Sí, ella. Camina lindo.
-No sabría responderte. No conozco a la Mutante.
-Ya la conocerás querido.
-Dile que hace frío.
-¿Qué hora es?
-Las cuatro aún.
-Sí. Sí sí sí. ¡Sí!
-¿Qué?
-Hay un abismo.
-Ya veo. ¿Estamos juntos?
-¡Estamos todos querido!
-Porque somos esquizofrénicos en potencia.
-No, tú dijiste que no era así. ¿Cómo era?
-Bueno, yo creo que si miras detenidamente a cada persona, sientes que la locura está siempre rondándonos. Y luego te empuja a un abismo y ya no puedes volver a estar seguro de nada.
-¿Qué hora es?
-Cuatro cinco.
Luego se hizo un silencio. Aunque ella repetía constantemente sí sí sí, eso era el equivalente a un silencio cualquiera para mí. Yo me limitaba a temblar de frío y a fumar. De repente me di cuenta que yo también había estado esperando a la Mutante. No por conocerla, sino por esperar y estar ahí de frente a un mundo que no deja de pasar y resquebrajarse. No sólo esa tarde, sino toda la vida. Un espectador más. Quizá no la vida entera, que es un tiempo muy corto, sino unos días. Los días que pesan como los siglos malgastados de la humanidad y que yo sentía así porque estaba solo. Me di cuenta que yo también quería a la Mutante, que la necesitaba tanto o más que Mirabelle. Un silencio largo se había tendido entre nosotros. Mirabelle y yo lo sabíamos, y si nos hubiésemos mirado, el universo hubiese explotado en un lugar muy lejos de nosotros, pero nosotros lo sabríamos y nos hubiésemos mirado espantados, sin más silencios que tender.

NombreVicente Sokoloff
Emailjigsaw_adc07@hotmail.com

domingo, 13 de mayo de 2012

Octubre


Siempre absorta en sus pensamientos. Siempre distraída en nada.... Alzó la vista y descubrió de nuevo esa línea que marcaba que ya habían pasado por allí. Sonrió para sus adentros.


Mafer cerró los ojos...
Tal vez no fue al instante, se ve demasiado borroso... Escuchó voces alborotadas alrededor de ella y al echar el primer vistazo se encontró en una habitación de aquella casa vieja. ¿Ya había estado allí? Sí, en otro sueño que de inmediato logró recordar. Vio a sus padres, a ella misma como en una película vieja; diversos tonos marrones marcaban la paleta de colores de la gastada postal.
El agua la devolvió, entonces se dio cuenta de los goterones que caían atravesando el defectuoso tejado. Se levantó de la silla de madera y pudo sentir las otras presencias. Recorrió las habitaciones, pero solo encontró a su hermana menor. Aún así, sin verlos podía sentirlos...



Mafer cerró los ojos...
Ahora caminaba como en línea india. Un ligero sobresalto de corazón. Ahora los reconoció a pesar de no verse como antes. Tuvo la inquietud por un instante, quería saber a dónde iban, de qué huían? Cargaban con comida y poca ropa. El paisaje oscuro: tonos azules y negros... qué es lo que brilla? Lluvia? Sí, vio el asfalto reluciente por el agua... Un momento, asfalto? Pero si hace menos de un minuto le pareció haber cruzado una senda vegetación.
Volteó la vista atrás, la avenida parecía dormida a pesar de que toda la gente estaba afuera. Se dio cuenta de que estaba lejos del grupo. Trató de aligerar su carga y justo cuando iba a tirar un poco de comida ella vio al perro... Qué tiene ese perro? En qué lugar lo había visto? Vio un rojo, aún ensangrentado trozo de carne al lado del animal, pero éste parecía menos interesado en eso. Sintió a sus amigos tras ella. Las camionetas blancas brillaban en la noche oscura: Mafer pudo ver como ellos bajaban, o acaso era que subían, un equipaje: maletas de cuero color café que parecían muy gastadas. Quiso ir hacia ellos, pero la distrajo el alboroto de la gente y las luces color naranja que parecían antorchas colocadas en cada poste.
Notó entonces los carteles anunciando el desfile. Una celebridad internacional pasaría justo allí. Por qué de noche, por qué él y sobretodo por qué en esta ciudad? A Mafer le pareció incongruente. Se abrió paso entre el tumulto y llegó a primera fila, a lo lejos se veían los carros en caravana que venían despacio. Entonces él se colocó a su lado, levantando la cabeza para vislumbrar las luces de los autos. Ella reconoció el sombrero, si, lo había visto en aquella fotografía. Él volteó a verla y ella se sorprendió: ese al que todos esperaban ver pasar estaba a su lado, pero nadie parecía darse cuenta. Ella aún no salía de su asombro cuando él le sonrió. Era una risa entre inocente y pícara que Mafer inmediatamente reconoció, acercó sus manos al rostro de él y sintió como se dibujaba su verdadero aspecto. Ambos rieron en complicidad.
El mayor de todos sus amigos se colocó a media avenida, como demostrando su autoridad en el grupo. Mafer entendió, 'vámonos antes de que piensen que eres el verdadero' dijo al más joven, lo hizo sin mover los labios. Él tomó la mano de ella y empezaron a correr. Sí, sabían que corrían aunque sentían que volaban.



Mafer cerró los ojos...
Ahora iba dentro de una de las camionetas blancas, Lilu estaba a su lado y también su hermana menor iba allí. El paisaje tan claro, tan luminoso, le permitía darse cuenta de que aún estaba en la misma avenida, pero ya no había desfile ni personas aglomeradas para verlo, y tampoco estaban sus amigos.
Pasaron un semáforo y doblaron a la izquierda. Siguieron recto hasta llegar a un enorme restaurante, allá en esa zona que dicen que esta viva.
Cuando bajaron y entraron el lugar estaba completamente lleno. Cada uno de los ambientes estaba con mesas llenas de comensales saboreando deliciosos platillos, parecía una enorme festividad. 'No encontraremos dónde sentarnos' dijo Mafer a Lilu y un mesero, al cual ellas no habían visto, se apresuró a indicar: 'La fila de mesas al centro del jardín fue reservada por sus amigos, síganme'. Cuando llegaron, las mesas estaban ocupadas por personas serias, vestidos con colores llamativos y que no conversaban entre sí; pero al verlas llegar se levantaron de los asientos permitiendo que ellas tomaran su lugar. Los demás lugares, los de los amigos, aún estaban ocupados por la gente... los reservadores.
Mafer volteó la vista atrás de su silla y vio al más joven jugar con el perro. Ahora sí tenía su aspecto normal, estaba sentado en unas gradas rodeadas por preciosas flores de colores y el perro se veía más pequeño, más alegre que hace unas horas... o acaso fue anoche? Se sonrieron mutuamente y ella quiso iniciar una conversación, pero el ruido, la celebración cobró más vida.
Los reservadores empezaron a retirar las mesas y Mafer quiso protestar porque aún no había comido, pero tras ellos venían sus amigos. Vestían un extraño uniforme, como salido de una especie de caricatura, su color era gris azulado en un tono perfecto y estaba adornado con botones y cadenas de oro. Sus rostros no eran los mismos, pero no cabe duda que fueran ellos.
Marchaban en el espacio que habían dejado las mesas y todos los presentes los veían con admiración, como si hubieses sido condecorados con las más distinguidas medallas o conquistado una nación entera. Mientras caminaban unos tras otros, le guiñaban el ojo o le sonreían con tanto orgullo que ella quiso aplaudir. Mafer los seguía con la vista, pero Lilu y el acompañante del menor, ya ni siquiera recuerdo si los dos tenían la misma edad, la llamaban. Ella quiso preguntarles a sus dos jóvenes amigos por qué ellos no pasaron con el resto, pero se vio con una cámara fotográfica en las manos y a ellos dos, Lilu y la menor de sus hermanas posando. Listo. Mafer contempló la imagen y solo vio a sus hermanas. Ahora Lilu conversaba con uno de ellos. Otra foto. En la imagen solo aparecía Lilu.
Mafer empezó a sentir malestar y se sintió tan ajena a lo que ocurría, perdida en la distancia.



Mafer cerró los ojos...
La tranquilidad del día, las casas y las calles apenas transitadas se le hicieron familiares, como perdidas en su memoria. Sí, era probablemente cerca de la escuela donde cursó sus primeros años de primaria.
Se escuchó a si misma haciendo una llamada que más bien parecía un contacto mental: '12 calle 15 guión...', sintió un alivio en todo su ser cuando escucho la voz masculina que le decía: 'ya la veo, esta ubicada. En un momento llegamos por usted'



Mafer abrió los ojos.
Sintió la almohada y escuchó la lluvia. La boca seca y la pesadez en el cuerpo. Caminó tambaleante fuera de su habitación, sí, estaba en su casa todo, todo era real. Regresó a la cama, la cabeza en la almohada y la frazada cubriéndola.



Mafer cerró los ojos....

NombreOctubre
Emailbaddaniellemiep@hotmail.com

sábado, 12 de mayo de 2012

Rojo y Blanco


Juan Pablo escuchó el grito de Angie, su hija, y despertó sobresaltado. Miró a Lina que seguía dormida muy tranquila, respírando de manera pausada, movíendo los ojos desfrutando de algún sueño, profunda. “Supongo que me tocó a mí”, pensó resignado. Iba a tomarse unos segundos más para bostezar y estirarse pero el “¡papá, mamá!” de Angie en la habitación contigua lo terminó de convencer.

Se levantó de un salto y corrió al cuarto de su hija de doce años, anticipando el rostro asustado y confundido con que se encontraría. Era casi cíclico, de vez en cuando Angie se las arreglaba para leer alguna historia de Stephen King por internet, o ver alguna película por televisión en la que algún tipo enmascarado mataba a diestra y siniestra, y esa noche tenía pesadillas. No había manera de evitarlo, siempre encontraba el modo. Juan Pablo, que también había pasado por eso cuando niño y ahora era un aficionado acérrimo al terror, compartía la fascinación de su hija por aquellos temas y entendía perfectamente su absurdo masoquismo. Con el tiempo se le pasaría, desarrollaría una extraña insensibilidad a las imágenes que tantas personas califican de grotescas y podría disfrutar de su afición sin consecuencias. Pero por ahora él y Lina, su esposa, eran los encargados de espantar al monstruo de ojos rojos que de vez en cuando Angie veía en el armario, o el engendro invisible que supuestamente vivía bajo la cama.
Juan Pablo entró al cuarto de su hija, prendió la luz y la miró con una sonrisa que no pudo disimular.
- No te rías – dijo Angie, molesta – esta vez es en serio, hay algo en el armario.
- ¿Algo? – preguntó Juan Pablo - ¿ropa, tal vez?
- No es chistoso papá, hay algo en el closet y está haciendo ruidos raros.
- Entonces de pronto sea un payasito, ¿no crees? – repuso Juan Pablo, tratando de aligerar un poco el miedo del que, estaba claro, era presa Angie.
- ¿Un payaso? – respondió ella, con los ojos abiertos – ¡no puede ser!, que tal que sea Pennywise, el de la película IT.
Juan Pablo que ya había empezado a caminar hacia el armario, se detuvo en seco. “Que idiota” – pensó, consciente de su error– “un payaso, ¿cómo no se me ocurrió cualquier otra cosa?”
- ¿Y tú cómo sabes de ese payaso? ¿No fui claro cuando te dije que no vieras esa película? – su hija lo miró en silencio sin saber qué responder. Lo peor era que, muy en el fondo, Juan Pablo se sentía orgulloso de verse a sí mismo en Angie, pero tenía que mantenerse en su posición, era su obligación - ¿fui o no fui claro? ...Contéstame Angélica – la llamaba por su nombre para converla de que él que estaba “furioso”- ¿fui o no fui claro?
- Sí, papá. Perdón.
- Y ahora mira cómo estás, te he dicho mil veces que todo eso es mentira. Pennywise no existe. Ni Jason ni Freddy Kruger – abrió el armario para dejar claro su punto. Angie dio un respingo que no pudo evitar, convencida de que detrás de las puertas, entra la ropa y la oscuridad había algo acechando y se llevaría a su padre para siempre.



Nada de nada.



En el closet no había nada aparte de las cosas de Angie. Juan Pablo entró en el armario y revolvió un poco la ropa colgada para mostrar claramente que nada había ahí que pudiera ser peligroso. Miró a su hija.
- Pero te lo juro papá – dijo ella en un tono suplicante – escuché algo ahí adentro. Era un ruido como de…
- ¿Cómo de qué? – preguntó Juan Pablo con un tono sarcástico.
- Como una risa – respondió su hija en un susurro, ahora que lo decía en voz alta, aquello que parecía tan obvio en su mente, sonaba ridículo.
- Una risa – repitió Juan Pablo – ¿estás segura de que no fue un sueño? ¿o un payaso? - su tono era más conciliador.
Angie guardó silencio por un segundo y terminó respondiendo a regañadientes.
- No estoy segura papá.
- Pues yo si – se apresuró a contestar Juan Pablo – sólo fue un sueño, igual que cada vez que te da por leer una de esas historias o ver una de esa películas. Siempre es igual.
Angie parecía avergonzada. En ese momento, acompañada de su padre y con la luz encendida, todo parecía lejano y estúpido. Había sido una pesadilla, no cabía duda.
- Mañana tenemos que madrugar Angie – ella escuchó a su padre complacida al notar que la llamaba “Angie”, al parecer no estaba tan enojado – tenemos que ir a hacer las compras de navidad y ya conoces a tu mamá, será un largo día. ¿Puedo irme a dormir? – preguntó aún desde adentro del armario.
Angie asintió con la cabeza. Su padre sonrió.



Lo que Angie alcanzó luego fue una especie de tentáculo inmenso que envolvió con fuerza el cuello de su padre y lo levantó sin esfuerzo alguno, después una sonrisa con mil dientes puntiagudos enmarcada en un traje navideño y unos ojos llenos de maldad que más que mirar parecían penetrar. Juan Pablo desapareció en un destello rojo y blanco.



Angie salió del cuarto en un segundo gritando para pedir ayuda. Lo último que oyó la niña mientras corría a buscar a su madre fue una risa, pero esta vez fuerte y clara.
Jo Jo Jo, sonaba la carcajada, maligna y corrosiva.
Jo Jo Jo.

NombreAlvaro Vanegas
Emailvanegas.alvaro@gmail.com

Entrañable, Indescifrable


Cuando comenzó a vivir, tal vez tendría 13 o 14 años. Eran pues los años maravillosos de colegio, de las amistades eternas, de la primera novia, y por qué no, el inicio de las grandes decepciones.

Siempre se considero bueno, y para justificarse aplicaba a sí mismo aquel adagio popular de que aquel que reza y peca empata. 

La severidad de un padre ebrio e intransigente contrastaba con la figura malgeniada y luchadora de su madre, la pasividad, alegría y confianza que le despertaba uno de sus hermanos, y, la angustia existencial, locura temporal, bohemia inescrutable y tristeza pertinaz del mayor confraterno de este clan. Todo esto convertía a este grupo en una mezcla perfecta de especímenes patológicos; y a la larga esta masa familiar que lo envolvía lo fue apartando lentamente de la inocencia sutil que a todos nos rodea.

No pasaron muchas madrugadas para que se creara en él la necesidad de inventar dentro de sí un mundo independiente de este mundo, y ya con la decisión tomada y la loca idea de revolucionar la tierra, que en algunas oportunidades a todos nos envuelve, empezó a sumergirse en coloquios nocturnos, en hacer amistades peregrinas y durables y en apartarse del circulo vicioso de su familia, todo esto amparado por la sombra fatal de su inconformismo. 

Un hombre realmente inteligente y alegre dio paso reverencial a su silencio y despreocupación; la sonrisa de niñez se transformo entonces en un carácter irascible y huraño, y, las manifestaciones emotivas que entonces empezaban a nacer, fueron sepultadas para siempre por una máscara imborrable de dureza y estoicismo propio de las estatuas marmóreas de los próceres.

En fin, todo había cambiado y alrededor suyo surgió entonces la preocupación impajaritable de su horda. Pero no era una angustia gratuita, no, eran sus hechos los que afanaban, pues aquel a quien hasta ese momento todos creían niño, había crecido y ni su madre con regaños, ni sus hermanos con sus desplantes, ni aún su padre con su carácter recio lograban entenderlo.

Tomo salidas inconclusas, busco bajo las rocas el destino fugaz de su existencia, atravesó el mar inmisericordioso de la vida, batallo muchas noches con su almohada, pero nunca, ni en ningún lugar de estos encontró respuesta a sus preguntas, al final él, solo él, y dentro de él encontraría la verdad que tanto añoraba en su silencio: había madurado.

Atrás, pero no para siempre quedarían las locuras de adolescencia y la terrible edad de los destrozos, en la memoria cercana añoraría los amigos de antaño, los lugares visitados y las experiencias recibidas; sonreiría al recordar las noches eternas de impaciencias, de abotagamientos etílicos, de conversaciones eternas, de amor a la naturaleza verde y de amaneceres vacíos, y al final, y, pensativo, entraría en catarsis reflexiva, colocando su norte al sur del de los demás para demostrarse satisfecho que siempre tuvo la razón.

Nunca entenderán sus motivos, tampoco lo acompañaran en sus razones, tal vez jamás crecerá para los otros, pero ya en el ocaso de sus experiencias entenderán el juicio empírico de sus vivencias, pues al fin y solo en ese momento los demás comprenderán lo maravilloso y complejo de su existencia.

Hoy como ayer seguirá siendo el niño de la casa, porque al final hoy como ayer, es el niño de mi casa.



Fernando Vanegas Moreno
JACK

NombreFERNANDO VANEGAS MORENO
Emailvanegasfernando94@gmail.com

Para escribir el amor

Mike tiene en sus manos una hoja de papel color rojo con pequeños corazones impresos, le quiere escribir a Martina; busca en su maleta algo para hacerlo y toma un bolígrafo retráctil. Quizá a causa de los nervios que le provoca la idea de ser rechazado, no mide muy bien sus movimientos y le aplica una fuerza excesiva al botón del bolígrafo. El resorte se dispara y la tapa anterior sale proyectada por el aire junto a la barra.
Mike intenta reunir todas las piezas de nuevo, pero el resorte parece haber desaparecido. Frustrado, regresa a la banca donde suele pasar las horas de recreo. Busca de nuevo en su maleta, encuentra un bolígrafo común pero pronto advierte que no tiene tinta. Continúa buscando en su maleta hasta encontrar un lápiz. Una gran sonrisa se dibuja en su rostro casi infantil teñido por las eflorescencias de la pubertad. ¡El lápiz nunca falla! La sonrisa se borra rápidamente: Mike nota que el lápiz no tiene punta. Busca un tajalápiz pero no lo consigue. El muchacho ya no sabe qué hacer.
Con el lápiz y ambos bolígrafos dispuestos en orden sobre la banca, Mike reflexiona. Toma la barra que aún contiene tinta y la otra carcasa. Se percata de que la barra es más corta, pero debe hacer algo pronto. Comienza a rasgar pedacitos de la hoja de papel y los introduce en la carcasa hasta igualar la diferencia.
Mike termina de rellenar el espacio vacante y observa que queda tan solo una octava parte de la hoja de papel. Introduce la barra corta en la carcasa del bolígrafo común. ya preparada para recibirla; la cierra y consigue armar un híbrido, con el cual espera escribirle por fin a Martina todo lo que siente por ella antes de regresar a su lugar en el salón de clases, cerca de ella pero muy lejos para él.
Mike observa el remanente de papel rojo en su mano y, al saberse corto de papel, se queda corto en las palabras para escribir el amor; no puede más que esbozar las letras de sus nombres: Mike & Martina, y enmarcarlas con un corazón flechado por un resorte.

NombreDavid Manrique
Emailimixcolors@gmail.com